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lunes, 11 de febrero de 2013

Que no oigas las gotas tocar el suelo, no significa que no llueva


Hay mucha gente que te dice, a lo largo de tu vida, que llorar cuando estás triste es muy sano, no hace daño. Tienen razón. A mi me ha pasado. A veces, fuera de mi casa, he querido llorar, pero no he sido capaz. Tal vez porque tengo la sensación de que es una muestra de debilidad. Y no me gusta sentirme débil.
Así que odio esos momentos en que lo único que quieres es encerrarte en el baño y llorar hasta quedarte seca, y todos fingen que no pasa nada y siguen a su rollo, sin advertir que lo que pasa por dentro de ti es como una tormenta devastadora. Mientras lloras por dentro, por fuera estás impasible. Mantienes firme una máscara dura como el diamante, que se resiste a los cortes, pero que, sin embargo, a un golpe de la almohada por la noche, cuando todos duermen, se rompe en mil pedazos y te deja a la intemperie, en carne viva.
Y, simplemente, es como esos días en los que llueve y no te das cuenta hasta que miras por la ventana y lo ves todo mojado. Es como esos días de niebla húmeda que viene del mar en los que parece que solo hace un poco de frío pero lentamente cubre el suelo hasta el amanecer, con todo empapado.
Porque que no oigas llover, no significa que no llueva.

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